El aumento de la incidencia de obesidad y enfermedades metabólicas ha intensificado el interés en los últimos años sobre las dietas ancestrales o “paleolíticas”, sabiendo que nuestra fisiología debe ser optimizada mediante la dieta y estilo de vida que hemos experimentado durante nuestro pasado evolutivo. Sin embargo, hay poco consenso sobre qué constituye realmente una dieta paleolítica, existiendo mucha información contradictoria difundida al público.

Esto llevó a muchos investigadores a buscar información para tener una mejor comprensión de los alimentos que fueron consumidos durante las etapas clave de evolución de los homínidos y por los cazadores-recolectores modernos (Eaton et al. 1988; Lindeberg et al. 2003; Cordain y col. 2005) sabiendo que no existe una única dieta ancestral universal.

Existen cambios fisiológicos clave en la evolución humana directamente relacionados con modificaciones en la composición de la dieta como cambios en la morfología de los dientes y patrones de estriación del esmalte, reducción en el tamaño del tracto digestivo, un aumento en el tamaño del cerebro o aumento de la capacidad aeróbica.

Aunque la transición de una dieta basada en plantas hacia una dieta predominantemente a base de carne (lo que se denominó “conexión carnívora”) se ha propuesto como un factor importante de estos cambios evolutivos mencionados, según Miller et al 2015, reconstruir la composición de la dieta ancestral es difícil y requiere la integración de múltiples líneas de evidencia, destacando que los carbohidratos vegetales y la carne eran componentes dietéticos complementarios en la evolución de los homínidos.

De hecho, al igual que autores como Conklin-Brittain et al. 2002 y Wrangham 2009, muestran evidencia de que los alimentos vegetales ricos en almidón (carbohidratos) fueron esenciales para cumplir con las demandas energéticas sustancialmente aumentadas que surgieron cuando se produjo un aumento en el tamaño de nuestro cerebro, para asegurar el éxito de la reproducción y para soportar un aumento de la capacidad aeróbica (Bramble y Lieberman 2004).

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