EL SER HUMANO ¿SIMPLISTA POR NATURALEZA?

Con la inflamación crónica sistémica y la resistencia a la insulina de telón de fondo.

En los últimos años, se ha puesto de manifiesto que la inflamación sistémica crónica de bajo grado está en la base de muchas (si no todas) las enfermedades típicas occidentales del siglo XXI centradas en el síndrome metabólico, que sabemos que es un conjunto de factores de riesgo que conducen a la enfermedad/mortalidad y que surge de la combinación de un exceso de grasa corporal y/o en desproporción con tejido magro, alteración de la homeostasis de la glucosa, hipertensión y dislipidemia aterogénica (el “cuarteto mortal”), que constituye un riesgo para la diabetes mellitus tipo 2, enfermedad cardiovascular (CVD), ciertos cánceres, enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer, síndrome del ovario poliquístico y otras enfermedades. La inflamación sistémica provoca resistencia a la insulina y una hiperinsulinemia compensatoria que se esfuerza por mantener la homeostasis de la glucosa en equilibrio.

Nuestra homeostasis de glucosa ocupa un lugar muy alto en la jerarquía del equilibrio energético (comentaré esto en la segunda parte), pero se ve comprometida en última instancia en condiciones inflamatorias continuas a través de la glucotoxicidad, la lipotoxicidad, o ambas, dando lugar al desarrollo de la disfunción de las células beta y eventualmente diabetes mellitus tipo 2.

Una reacción inflamatoria, es el reflejo de un sistema inmunológico activado que tiene como objetivo protegernos de patógenos invasores o reacciona ante una infección, por lo que la inflamación ha sido, es y será un mecanismo de protección y reparación que nos ha garantizado la supervivencia a lo largo de la evolución. Sin embargo, el proceso inflamatorio, de forma natural, tiene una serie de pasos que van desde la iniciación hasta su resolución, pero un sistema inmunológico activado que no está controlado, puede derivar en reacciones secundarias que tienen la capacidad de llevarnos a un estado patológico, enfermedad y muerte, por lo que una reacción inflamatoria que ha comenzado debe ser terminada posteriormente, o al menos eso debería.

Obviamente, la inflamación es un proceso esencial para la supervivencia, pero nuestro sistema inmunológico debe ser cuidadosamente controlado para limitar el daño colateral. Por ejemplo, la cicatrización de heridas y otros desafíos inmunes se controlan en nuestro cuerpo mediante un proceso acuñado por Serhan et al. como “Resoleomics”, utilizando metabolitos producidos a partir del ácido araquidónico, EPA y DHA.
Hay muchos factores en nuestro estilo de vida occidental actual, tanto nutricionales como derivados del estilo de vida (imagen de diapositiva que adjunto), que conjuntamente causan un estado de inflamación sistémica crónica de bajo grado, que a su vez conduce a la resistencia a la insulina, la hiperinsulinemia compensatoria y, finalmente, a las enfermedades relacionadas con el síndrome metabólico.

Todos los factores de estilo de vida que aparecen en la imagen tiene en mayor o menor medida un equilibrio con el resto, es decir, que muestran interacción y por lo tanto son difíciles (a veces hasta inútil) de estudiar de forma aislada, sin embargo, el ser humano sigue siendo simplista, como algo propio e intrínseco que llevamos de serie para facilitarnos un razonamiento lógico y sencillo a todo aquello que no alcanzamos a entender (o no queremos), por lo que contemplar estos factores aislados sin tener en cuenta la intercorrelación entre ellos no tiene demasiado sentido.

Multitud de debates, variantes y condicionantes que retumban en post de encontrar culpables únicos del inicio de tal alteración inflamatoria crónica desencadenante de enfermedad. Se culpa a dietas altas en carbohidratos y/o azúcares o a dietas altas en grasa saturadas (y a veces sin tener en cuenta siquiera los diferentes tipos de ácidos grasos saturados), grasas trans o el tan de moda aceite de palma, cuando en una dieta típica occidentalizada el consumo de alimentos procesados induce un exceso de todo ello en conjunto, con una combinación de azúcares refinados y altas en grasas nada saludables, aparte de otros compuestos problemáticos, pero se pone el ojo en nutrientes aislados, que aunque no deben ser exculpados, asumen la culpa de una visión simplista. O se pone el ojo en omega6 u omega 3 sin tener en cuenta su procedencia, su ratio-equilibrio, la complejidad de la interrelación entre ambos, competencia, procesos enzimáticos hasta conversiones biodisponibles, etc. Se hacen análisis de nutrientes aislados, de su efecto fisiológico que pese a ser importante y clave por supuesto, hay que saber que nuestra comida está compuesta en realidad de sistemas biológicos con una matriz alimentaria, como carne, pescado, verduras y frutas, en los cuales los nutrientes obedecen al equilibrio que acompaña al material vivo. Por lo tanto, centrarse en mecanismos específicos, conocidos actualmente, sin un conocimiento suficiente de las muchas interacciones posibles entre los numerosos nutrientes en nuestro alimento debe considerarse como una limitación seria.

Este es un enfoque reduccionista. En lugar de traducir nuestra comida en un conjunto de nutrientes donde cada uno tiene que demostrar sus beneficios para la salud por medios científicos, el objetivo debe ser buscar una dieta que proporcione la cantidad adecuada de nutrientes de alimentos enteros para mantener nuestra homeostasis corporal. En este sentido, “lo adecuado” puede traducirse en una interacción óptima entre nuestra dieta y nuestro estilo de vida en general con nuestro genoma, es decir: nutrirse en equilibrio con la naturaleza.

Y aquí es donde surge el segundo punto, puesto que incluso teniendo en cuenta esta visión integradora, biológica e interrelacional con el resto de nutrientes, sigue siendo una visión reduccionista que no tiene en cuenta el contexto íntegro del sujeto, sus hábitos y estilo de vida en todos los sentidos, factores físicos, ambientales, psicológicos, conductuales, sociales, económicos, etc. Y ya para terminar, buscar el “culpable único” no solo es una búsqueda simple, reduccionista y en ocasiones sin sentido, sino que a veces nos centramos solo y exclusivamente en mapas de prevalencias o índices de factores que aumentan el riesgo de mortalidad, pero no en aquello que lo disminuye, siendo ambos fundamentales.

En este escenario, los principales factores que contribuyeron en los últimos años a la muerte asociada a la dieta en Centroeuropa, fueron la ingesta insuficiente de pescado, verduras y frutas, con papeles menos importantes para una ingesta demasiado alta de ácidos grasos saturados y trans. El consumo de pescado, frutas y verduras se considera demasiado bajo en la mayoría de los países occidentales. En Estados Unidos, la baja ingesta de ácidos grasos omega3 en la dieta pueden haber representado hasta 84.000 y 82.000 muertes, respectivamente, en 2005, mientras que un bajo consumo de frutas y verduras podría haber sido responsable de 58.000 muertes. Entre 1988 y 1998, el consumo de frutas y hortalizas en los Países Bajos disminuyó en un 15-20%, y actualmente, menos del 25% de la población holandesa sigue las recomendaciones sobre el consumo de frutas, hortalizas…….

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
¿Perdiste tu contraseña? Por favor introduce tu usuario o email. Recibirás un enlace por email para establecer una nueva contraseña.