MÁS ALLÁ DEL INDICE DE MASA CORPORAL (IMC)

No lo llamemos “sobrepeso”, debemos llamarlo “sobregraso”

Por primera vez en la historia de la humanidad, el número de personas obesas en todo el mundo ahora supera a los que tienen bajo peso. Sin embargo, existe un problema aún más grave: una pandemia excesiva de “sobregrasos” compuesta por personas que presentan alteraciones metabólicas asociadas con el exceso de grasa en relación con el tejido muscular.

Sin embargo, anecdóticamente, muchas personas con sobrepeso no están necesariamente clasificadas clínicamente dentro del rango de sobrepeso u obesidad, entre otras cosas, debido al uso común del índice de masa corporal (IMC) como clasificador clínico de obesidad y sobrepeso.

La gran epidemia de obesidad puede ser simplemente la punta del iceberg de una sociedad que presenta realmente una prevalencia de “sobregrasos” más elevada. La contrapartida a la condición de “sobregraso” es el estado de grasa insuficiente y sarcopenia (caquexia), una circunstancia de salud también común y peligrosa asociada con enfermedades crónicas. Actualmente (y paradójicamente), las altas tasas de obesidad y sobrepeso coexisten con la desnutrición en los países en desarrollo.

Sabemos de sobra que existen limitaciones serias al estimar la composición corporal usando el IMC, debido al hecho de que subestima los niveles de adiposidad (porcentaje de grasa corporal) en la población en general y que no tiene en cuenta el tejido muscular, ni en su cantidad, ni en su calidad o funcionalidad, y sabemos que la comorbilidades y las enfermedades asociadas con el síndrome metabólico y obesidad son consecuencias fisiopatológicas del exceso de adiposidad (sobre todo visceral, por su menor capacidad adipogénica, lo que lleva a la hipertrofia del adipocito y a una posible lipoinflamación, además de su cercana relación hepática vía portal, aunque en exceso también sería porblemática la subcutánea) y a una reducción de la cantidad, calidad y funcionalidad de tejido muscular (obesidad sarcodinapénica)

La subestimación de los niveles de adiposidad y la no consideración del tejido magro, causada por la adopción generalizada del IMC como principal indicador de la obesidad, plantea serios desafíos para el diagnóstico preciso, la prevención y el tratamiento de las enfermedades relacionadas con la obesidad. De hecho, recientemente se plantea la denominación de “enfermedad basada en la adiposidad”. El propio Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos recomienda no utilizar el IMC como herramienta de diagnóstico, ya que una persona con poco tejido magro y “sobregraso” podría estar dentro de un IMC normal y considerarse saludable, es lo que viene siendo un DMO, es decir, Delgado Metabólicamente Obeso y la contra una persona con alto porcentaje magro pero poco graso podría estar en rangos subóptimos o insalubres. Todo ello sin tener en cuenta la distribución de del tejido graso, lipoinflamación, calidad o funcionalidad muscular, lipotoxicidad (mioesteatosis), etc.

Como ejemplo, Tomiyama et al. mostraron que el 30% de los individuos clasificados como sanos basados en sus puntuaciones de IMC eran de hecho metabólicamente poco saludables basándose en evaluaciones clínicas. Los atletas que construyen altos niveles de masa muscular suelen poseer niveles de IMC superiores a 30 y se clasificarían inapropiadamente como obesos. Un estudio de 926 jugadores retirados de la NFL cuyo promedio de IMC fue de 30 y circunferencia media de cintura fue de 40 mostraron que el 61% estaban en riesgo de aterosclerosis.
El tejido adiposo del cuerpo juega un papel importante en la función endocrina, así como varios otros sistemas en el cuerpo. Es precisamente la disfunción endocrina asociada con la grasa corporal alta la que puede conducir a la fisiopatología de la obesidad. Los altos niveles de grasa corporal se asocian con inflamación crónica de bajo grado. A su vez, dicha inflamación se asocia con diversas enfermedades posteriores, como la diabetes tipo 2, ECV, el cáncer, el Alzheimer y otros .

Un factor crítico asociado con la salud de los individuos con bajo peso es la pérdida de tejido adiposo y sus funciones endocrinas y metabólicas. En condiciones de desnutrición y/o lipodistrofia, como la caquexia del cáncer y la anorexia, puede haber alteraciones significativas en la producción de muchas proteínas, como la leptina, secretada de adipocitos con importantes implicaciones metabólicas y reguladoras , una condición que puede coexistir con la pérdida de tejido muscular, de hecho la caquexia se da en multitud de enfermedades del siglo XXI como cáncer, EPOC, ICC, etc.

Así pues, tal y como proponen Maffetone et al. 2016, la denomicaicón de “sobregraso” y no sobrepesado sería más idónea haciendo referencia a que no se trata del peso en sí, sino de la composición corporal y proporcionalidad de tejidos, existiendo una prevalencia incluso mayor de la que hoy conocemos, aunque siendo más específicos, tampoco se trataría exclusivamente de cantidad ni proporcionalidad, sino también de calidad, funcionalidad, distribución, etc, lo que nos lleva como siempre a destacar del error que supone generalizar en algo tan extremadamente complicado como puede ser la obesidad o la sarcobesidad

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