Recientemente escribí un post en Instagram titulado “La otra cara amarga del COVID-19” donde aludía a que de manera tanto directa como indirecta, el virus y el confinamiento estaban causando estragos en la masa muscular tanto de los afectados por el virus como en los sujetos confinados sanos, provocando sarcopenia (pérdida de masa muscular, de fuerza y de función muscular) con las serias consecuencias negativas que conlleva.

Hay que saber que la sarcopenia es una las principales causas de mortalidad y discapacidad y las personas que sobreviven al virus requieren largos períodos de rehabilitación.

El aumento de citoquinas inflamatorias que se produce con el COVID-19 está íntimamente asociado con la pérdida de función y masa muscular. El COVID-19 causa anorexia y pérdida de peso lo que se asocia con sarcopenia. La enzima convertidora de angiotensina 2 (ACE2) es el receptor que usa el coronavirus para entrar en la célula y este está presente en multitud de células del organismo, incluido el tejido muscular, lo cual explica también por qué las personas con COVID-19 tienen mialgias y pérdida de masa muscular. Esto, junto con el reposo en cama, inmovilización y la ventilación asistida puede provocar sarcopenia grave en pacientes con COVID-19 (Morley et al 2020).

La hospitalización por COVID-19 puede llevar a un reposo prolongado en cama, y ​​algunos informes recientes señalan estancias hospitalarias promedio de 11 días (Zhou et al 2020). Los casos más graves de infección por COVID-19 llevan al ingreso en unidades de cuidados intensivos (UCI) o en la necesidad de ventilación mecánica invasiva. Esto puede dar lugar a una mayor restricción del movimiento con informes de que la duración media de la estancia en la UCI es desde 8 días hasta 12 días (Zhou et al 2020). Tales períodos prolongados de reposo en cama plantean un riesgo adicional de pérdida de masa muscular, especialmente para las personas mayores.

Además, las personas enfermas que están físicamente aisladas deben recibir recomendaciones para hacer ejercicio diario (siempre que su estado de salud lo permita). Existe evidencia de que las personas hospitalizadas tienen mejor pronóstico de su enfermedad y mejor recuperación posterior si realizan ejercicio durante la hospitalización (Izquierdo et al 2020). Hay evidencia de que las personas que cursan con COVID-19 grave necesitan una terapia de ejercicio prolongada para prevenir o revertir la discapacidad (Li J, 2020).

Pero el problema no está solo en los sujetos que se contagian con el virus y sufren COVID-19, sino que es algo que afecta a toda la población mundial en los países afectados. La pandemia de COVID-19 es una emergencia global extraordinaria que ha llevado a la implementación de medidas sin precedentes para frenar la propagación de la infección. A nivel internacional, se están aplicando medidas como prohibiciones de viaje, cuarentena, aislamiento y distanciamiento social que conducen a un período prolongado de tiempo en casa. Lejos de debatir hasta que punto son o no son adecuadas unas medidas u otras (algo que se sale de la intención de este post), es indudable que esto ha resultado en reducciones en la actividad física diaria y aumento en el comportamiento sedentario en la población, lo cual está asociado con la pérdida de masa muscular.

En otras palabras, la necesidad de aislamiento social durante la pandemia del COVID-19 ha llevado a una disminución de la actividad física, lo cual acelera la pérdida de fuerza y función muscular. Entrenar en casa es IMPRESCINDIBLE como veremos más adelante.

“Nunca ha sido más fácil estar físicamente inactivo.”

Además, todo esto no solo tiene el potencial de acelerar la sarcopenia, sino que en muchos casos además provoca el aumento concomitante de la grasa corporal. Estos cambios en la composición corporal están asociados con una serie de enfermedades crónicas que incluyen enfermedades cardiovasculares (ECV), diabetes, osteoporosis, fragilidad, deterioro cognitivo y depresión. Pero es que, además, se produce un círculo vicioso de retroalimentación siendo que estas patologías se asocian con un mayor riesgo de infección por COVID-19 y con una sintomatología más grave, lo que subraya la importancia de evitar el desarrollo de tales morbilidades.

¿Por qué es grave esta pérdida de masa muscular durante la pandemia?
Tenemos que saber que la pérdida progresiva de masa muscular y la disminución concomitante de la fuerza muscular (dinapenia) se asocian con un grupo grande y diverso de patologías que incluyen diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, enfermedades autoinmunes, cáncer, etc. Además, provoca fragilidad y discapacidad, mayor riesgo de caídas y fracturas, pérdida de la independencia física, deterioro cognitivo y depresión, menor calidad de vida y mortalidad por todas las causas. No quiero extenderme mucho aquí, pero los habéis leído mi libro ya sabéis los mecanismos de por qué perder masa muscular se asocia con todas estas patologías.

Recientemente se ha publicado un trabajo impecable llevado a cabo por Kirwan et al 2020 donde destaca y resalta todo esto que comento y que me gustaría comentar en este post.

Se ha demostrado que incluso períodos cortos de actividad física reducida dan como resultado la pérdida rápida de masa muscular y función física, incluso en adultos más jóvenes (Abadi et al 2009). Se puede perder hasta un 1,7% del volumen muscular después de tan solo 2 días de inmovilización, observándose pérdidas mayores (5,5% del volumen muscular) después de solo 7 días (Kilroe et al 2020).

Estamos ante una crisis catabólica mundial derivada del virus y el confinamiento (Paddon- Jones et al 2020). De hecho, en un estudio de 118 pacientes de la UCI (edad media de 55 años), el tamaño muscular medido se correlacionó negativamente con la duración de la estancia en la UCI (a menos grosor muscular, más días en UCI. Además, es posible que el tejido magro perdido durante estos momentos de inactividad no se recupere por completo, lo que lleva a una pérdida progresiva de masa y función muscular. Kirwan et al 2020 ilustran esto de manera muy visual en su publicación.

Otro factor importante en todo esto es que se sabe que la cuarentena y el aislamiento social provocan un aumento de los niveles de estrés y ansiedad (Lei et al 2020) cuya consecuencia puede ser un aumento de la pérdida de masa muscular. Si bien no es evidente de inmediato, los factores psicológicos, el sueño y la ansiedad pueden desempeñar un papel considerable en la pérdida de masa muscular durante una pandemia. Esto puede deberse a sus efectos sobre conductas de salud como los hábitos alimentarios y la actividad física, así como a los cambios en las vías metabólicas relacionadas con el mantenimiento de la masa muscular.

Este estrés psicológico también puede conducir a elecciones dietéticas más deficientes elevando el consumo de productos ultraprocesados altos en azúcar y / o grasa y que pueden desplazar alimentos más densos en nutrientes, reduciendo la ingesta de proteínas en la dieta.

De hecho, se ha observado un aumento en la ingesta de dichos alimentos (específicamente, patatas fritas y bebidas azucaradas) entre los niños que viven encerrados en Italia (Pietrobelli et al 2020). Investigaciones posteriores del encierro italiano informaron que el 46,1% de los encuestados sentían que comían más durante el confinamiento y, en particular, “alimentos reconfortantes” ricos en calorías como chocolate, helados, postres y bocadillos salados, que se atribuían principalmente a niveles más altos de ansiedad (Scarmozzino et al 2020).

Este hecho puede afectar a la masa muscular de dos maneras. En primer lugar, las dietas ricas en ultraprocesados tienden a ser de menor calidad, específicamente, más bajas en proteínas, lo que puede reducir la capacidad de estimular el crecimiento muscular. En segundo lugar, estas dietas pueden conducir a un aumento en la ingesta de calorías, lo que lleva a un balance energético positivo que puede resultar en un aumento de grasa corporal. El exceso de grasa corporal puede contribuir a la pérdida de masa muscular al reducir la facilidad de locomoción: un individuo con sarcopenia y masa grasa elevada (obesidad sarcopénica) tendrá dificultades para moverse, lo que resulta en disminución del NEAT (Non Exercise activity thermogenesis).

También se sabe que el exceso de masa grasa conduce a una inflamación sistémica de bajo grado que puede provocar resistencia a la insulina y contribuir a la sarcopenia. Otra posible complicación de esta obesidad inducida por el confinamiento es el aumento del riesgo de infección por COVID-19 y su gravedad.  La obesidad grave se asocia con el ingreso en la UCI.

El estrés también se asocia con alteraciones del sueño, menor duración del sueño, despertar durante la noche e insomnio. Los cambios en los horarios diarios debidos al confinamiento también pueden contribuir a una mala calidad del sueño debido a alteraciones de los ritmos circadianos que ya pueden estar alterados en los adultos mayores. De hecho, datos recientes de personas puestas en cuarentena durante el brote de COVID-19 en China informaron que la ansiedad se correlacionó con el estrés, lo que resultó en una reducción de la calidad del sueño (Xiao et al 2020).

Tanto el estrés como la restricción del sueño pueden contribuir directamente a la pérdida de masa muscular. Se ha demostrado que la reducción moderada del sueño a corto plazo (de 8 a 6 h / noche) aumenta las citocinas proinflamatorias como TNF-α, que se asocian con pérdida de masa muscular. La pérdida de sueño también se asocia con una desregulación de la secreción hormonal, como el cortisol elevado o la reducción de los niveles de testosterona. Se sabe que la hipercortisolemia aumenta la degradación muscular, que se amplifica por la inactividad, una situación potencialmente probable tanto durante el confinamiento como durante la hospitalización por COVID-19.

Nedeltcheva et al 2010 mostró que, en un déficit de calorías, los individuos que durmieron 5,5 h perdieron un 55% menos de grasa y un 60% más de masa libre de grasa, en comparación con los que durmieron 8,5 h durante 2 semanas. Por lo tanto, el problema de la pérdida de peso que da como resultado una pérdida de masa magra en las personas mayores puede agravarse por la falta de sueño durante la pandemia.

Fuente imagen: Kirwan et al 2020

Otro problema del confinamiento que afecta al tejido muscular y también al sistema inmune, es la reducida exposición al sol, lo cual puede disminuir los niveles de vitamina D.

Esto puede ser especialmente importante durante la actual pandemia de COVID-19 debido a las medidas de bloqueo que hacen que las personas experimenten menos luz solar directa, lo que repercute negativamente en la síntesis de vitamina D.

La vitamina D desempeña un papel importante en la regulación de la contracción muscular y su deficiencia altera la manipulación del calcio sarcoplásmico que conduce a una relajación muscular prolongada. Esto también puede afectar la energía mitocondrial y, de hecho, se ha demostrado que la corrección del déficit de vitamina D mejora la función oxidativa mitocondrial en los seres humanos (Sinha et al 2013).

Los estudios in vitro han demostrado que la vitamina D puede mejorar la señalización de la insulina a través de la vía Akt / mTORc1 y estimular la síntesis de proteínas.

Se ha demostrado que la vitamina D disminuye la expresión de miostatina, un regulador negativo de la masa muscular, lo que podría explicar las consecuencias negativas de la deficiencia de vitamina D sobre el tamaño muscular. Estos hallazgos ofrecen una perspectiva mecanicista potencial de los estudios que han demostrado una asociación entre el estado de la vitamina D y la masa y la fuerza muscular en las personas mayores.

La deficiencia de vitamina D (nivel de 25 (OH) -vitamina D <20 ng / ml) también se ha sugerido como factor de riesgo de infección por COVID-19 (Meltzer et al 2020) y puede contribuir a su gravedad a través de su asociación con un aumento de citocinas proinflamatorias.

Dejo una imagen que Kirwan et al 2020 exponen en su magnífica revisión como resumen de los factores y los mecanismos por los cuales todos los factores mencionados pueden conducir a una reducción de la síntesis de proteínas musculares y un aumento de la degradación de las proteínas musculares que resulta en la pérdida de masa muscular. El desarrollo de sarcopenia se asocia con un riesgo significativamente mayor de múltiples comorbilidades, algunas de las cuales también pueden aumentar el riesgo de infección por COVID-19 y su gravedad.

Por tanto, todos estos factores llevan a un empeoramiento de la masa muscular, aumento de la grasa corporal, empeoramiento del sistema inmune, etc. ¿Qué podemos hacer para contraestar todo esto? ¿Qué medidas podemos y debemos implementar para prevenirlo? Hablaré de todo ello en la segunda parte de este post.

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