Seguramente puedas establecer diversas asociaciones entre estas palabras, ya que esas relaciones han creado dogmas universales para muchos.

Cuando surgió la dieta paleo o “paleodieta”, fue un intento de poner un nombre comercial a la dieta evolutiva ancestral. El problema es que se extrapoló mal, pensando que la dieta evolutiva ancestral era un tipo de dieta concreta. Sin embargo, la dieta ancestral del ser humano es tan diversa como tribus o poblaciones habitaban en el planeta hace miles de años.

Se asumió que la dieta evolutiva debía eliminar los cereales integrales, ser baja en carbohidratos y alta en proteína animal entre otras cosas (similar a la dieta de los Inuit). De hecho, a día de hoy, se propone este tipo de dieta concreta como la ideal para mejorar la salud intestinal/microbiota. Aunque cualquier dieta basada en comida real va a ser mejor que una dieta occidentalizada típica actual, eliminar alimentos como cereales integrales por ejemplo dista mucho de ser óptimo para dicho objetivo y ni siquiera está justificado a nivel científico ni evolutivo.

De hecho, eliminar estos alimentos reduce la ingesta de almidón resistente que es muy importante para la salud intestinal/microbiota. No hay justificación para eliminar los cereales integrales de cara a una mejora de la salud intestinal o microbiota, siendo incluso contraproducente a largo plazo (Genoni et al 2020). Los cereales integrales tampoco son pro-inflamatorios como se piensa (Rahmani et al 2020).

Las dietas de muchas tribus ancestrales no eran necesariamente bajas en carbohidratos, de hecho, muchas eran altas en fibra y vegetales (Pontzer et al 2018). A día de hoy, sabemos que ya se comían cereales en el paleolítico (Henry et al 2014) y que en la Edad de Piedra, los primeros Homo Sapiens comían cereales como el sorgo (Mercader et al 2009). Además, tribus como los Kitava basan el 70% de su dieta en carbohidratos y en los Hadza el 30% de su dieta se basa en comer miel.

Además, sabemos que una dieta cetogénica a largo plazo no optimiza la microbiota debido a la eliminación de muchos alimentos que favorecen la diversidad microbiana (Rinninella et al 2019) comparada con una dieta saludable variada.

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