Es muy habitual entre la población, que surja la necesidad espontánea y urgente de “ponerse a dieta” de manera esporádica para conseguir una desesperada pérdida de grasa de cara a algún evento importante o de cara a verano, las cuáles no son más que un intento desesperado y errado de conseguir una mejora estética puntual. No sólo será un atentado contra la salud, sino que además las mejoras en la composición corporal serán un espejismo temporal, puesto que en estas situaciones se suelen realizar protocolos a veces absurdos y arriesgados que no solo ponen en peligro tu masa muscular, sino que además fomentarán la reganancia de grasa corporal pasado la fecha estipulada.

Las subidas y bajadas de peso se observan a menudo en la obesidad y existe una recuperación del peso perdido después de “estar a dieta”. Se estipula una recuperación del peso perdido en una tasa superior al 30% de los sujetos en 1 año y al 95% a los 5 años, es decir, un fracaso total.

Durante el aumento de peso, el aumento de la masa grasa es elevado en comparación con los cambios en la masa muscular, así que durante estas fluctuaciones de peso, podemos suponer que los participantes pierden y recuperan grasa, pero al mismo tiempo experimentan una pérdida de masa muscular, lo que conduce al inicio de lo que conocemos como obesidad sarcopénica de la que luego hablaré. Esto podría explicarse en parte por la acumulación de lípidos (lipotoxicidad), que evita la incorporación de aminoácidos y reduce la síntesis de proteínas en el músculo esquelético.

De hecho, la propia pérdida de masa muscular de estos “protocolos” induce esa reganancia de grasa posterior, debido a lo que conocemos como proteinostato. Lo explico:

Cuando perdemos grasa corporal por estar sometidos a un déficit calórico, se producen alteraciones hormonales y metabólicas que nos hacen aumentar el apetito. Durante mucho tiempo, este mecanismo de hambre-saciedad se ha dicho que estaba controlado por ciertas hormonas emitidas por el tejido adiposo, la más conocida la leptina, que es una hormona emitida en su gran mayoría por el tejido adiposo y que ejerce un efecto de supresión del apetito. Lógicamente cuando se pierde grasa, junto con una reducción calórica y de hidratos de carbono se emite menos leptina y la sensación de hambre no se ve emitida, por lo que aumenta (es por lo que muchos culturistas no pueden parar de comer después de una competición). A esta teoría tan extendida se la conoce como «teoría leptinocéntrica» o «Adipostato».

Sin embargo, sabemos que el tejido muscular tiene mucho que ver en esto, ya que como vemos en el gráfico, en un estudio conocido como experimento de Minnesota, se sometió a déficit calórico extremo a los sujetos. Las personas bajaron perdieron grasa (línea azul) pero también mucha masa muscular (línea roja), y cuando volvieron a comer las calorías normales, la hiperfagia (aumento del apetito) no paró hasta que volvieron a coger sus niveles previos de grasa sino que continuó hasta que recuperaron sus niveles de masa muscular, pero a la par se produjo lo que conoce como engorde colateral, ya que sus niveles de grasa (línea azul) aumentaron aún más por encima de sus niveles basales debido a que no podían parar de comer.

Esto nos dice dos cosas: Primero que la teoría del adipostato no es la única que influye en el control de hambre-saciedad y que el tejido muscular juega un papel importante en ello y segundo que cualquier estrategia de pérdida de peso en la que se pierda masa muscular (sobre todo por restricciones extremas o por la no realización de entrenamiento de la fuerza) están condenados al fracaso y aquel se produzca un efecto yo-yo.

Bien, pero sigamos….

Una vez hemos reganado ese tejido adiposo perdido (con algún kilogramo extra añadido) posterior a ese intento desesperado de mejorar el físico en poco tiempo, seguramente, tras un tiempo después, exista de nuevo una sensación negativa de querer bajar de grasa de nuevo, ya que suele existir un sentimiento de culpa por haber reganado esos kilos de grasa perdidos.

Por tanto volvemos a someternos a periodos de restricción calórica, que con suerte esta vez, no sea de cara a un evento puntual y haya conciencia del proceso y de la importancia de ponerse en manos de un profesional cualificado. Pero aún así, la tasa de abandono antes una intervención nutricional es muy alta. Esto se puede deber a múltiples motivos, que involucran tanto a la persona interesada, como al profesional, como al entorno social, económico y laboral del sujeto en cuestión. Por ello, crear adherencia es clave en cualquier intervención para la pérdida de grasa.

¿Y qué es lo que pasa aquí? Veamos…

Debido a un la estilo de vida, un contexto sedentario y a los malos protocolos y dietas establecidas para la pérdida de grasa de forma rápida, ahora seguramente nos encontremos con un doble problema, no solo el sujeto en cuestión tiene un exceso de grasa corporal, sino que además tiene una baja cantidad/calidad muscular, pudiendo tratarse de lo que llamamos obesidad sarcopénica o sarcobesidad.

La obesidad crea un ambiente inflamatorio crónico de bajo nivel que puede influir en la remodelación muscular, lo que lleva a un deterioro de la formación de miocitos y, además, a la deposición de tejido fibrótico y adiposo, con la consiguiente reducción de integridad estructural muscular y capacidad funcional.

En un estudio reciente, Rossi et al 2019 muestran como los sujetos (60 hombres y 147 mujeres con obesidad) que experimentan un mayor número de ciclos de subida y bajada de peso durante su vida tienen menor masa muscular y fuerza

El riesgo de desarrollar sarcopenia fue casi seis veces mayor en los participantes con grandes fases de ganancia y pérdida de grasa en comparación con sujetos con menos fases. De hecho, los participantes que tuvieron más de cinco ciclos de subida y bajada de peso durante su vida mostraron una reducción de la masa muscular que era aproximadamente cinco veces mayor que aquellos que no tenían estos ciclos.

Los datos de este estudio resaltan las consecuencias negativas tanto en la cantidad como en la calidad del músculo esquelético provocadas por ciclos repetitivos de subida y bajada peso en participantes con obesidad, y por lo tanto no es sorprendente que haya mayor prevalencia de sarcopenia en personas que tienen múltiples intentos y fracasos a la hora de perder grasa.

Por tanto, existe un riesgo real para aquellos sujetos con obesidad que se someten una y otra vez a repetidos ciclos de pérdida de grasa, lo que los lleva a la pérdida de masa muscular y la fuerza. Estos cambios en la composición corporal predicen el declive funcional, la enfermedad cardiovascular, discapacidad y mortalidad en sujetos con obesidad.

 

 

 

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